Antes de que un accidente de moto me retirara de las pistas le daba al tenis con fruición. Jugaba a menudo con un amigo que, al conseguir un nuevo trabajo, sólo tenía libres las tardes, de cuatro a siete. Ni te cuento las horas de chicharrera en el Pítamo, en Bellavista, a las cuatro de la tarde en el mes de julio con 45 grados. Eso sí, la visita al bar del club al terminar era obligatoria, no optativa, y durante el partido nos cárgábamos unos cuatro litros de agua por cabeza.
Cuando veía que los jugadores en el Open de Australia se quejaban por jugar a treinta grados me entraban, como al poeta, unas ganas irrefrenables de blasfemar.
Y ahora, con el airsoft, procuro cambiar el chaleco "coraza" de los mil bolsillos por unas trinchas y tirando millas. O programamos las partidas de CQB para jugar a la sombra, o cuando el personal racanea seguimos la táctica de Matadores: en el objetivo a tomar espera un bidón lleno de hielo y botellines de tercio, el que lo capture se las bebe
